El mandatario Donald Trump afirmó que tendría el «honor» de «tomar Cuba», asegurando que, dada la situación actual del país, podrá hacer «lo que quiera con ella».
Estas palabras coinciden con un momento de extrema vulnerabilidad para la isla, que recientemente sufrió un apagón total de su red eléctrica.
Aunque las autoridades cubanas atribuyen la crisis al «bloqueo» y a la falta de combustible, críticos y expertos señalan que el deterioro de la infraestructura energética tras años de mantenimiento deficiente ha sido determinante.
La estrategia de presión máxima
El gobierno de Trump ha intensificado lo que parece ser una estrategia de asfixia energética para forzar un cambio de régimen. Entre las medidas más severas destacan:
- Sanciones petroleras: Una orden ejecutiva que amenaza con aranceles a cualquier nación que suministre crudo a la isla.
- El factor Venezuela: La interrupción del suministro desde Caracas tras la captura de Nicolás Maduro, dejando a Cuba sin su principal aliado energético.
¿Diálogo o intervención?
A pesar de la retórica hostil de Washington, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reconoció que su administración busca soluciones mediante el diálogo para resolver las diferencias bilaterales.
Sin embargo, la postura de Trump parece distar de la diplomacia tradicional, describiendo a Cuba como una «nación muy debilitada» y sugiriendo que la «liberación» o la toma directa son opciones sobre la mesa.
Lo cierto es que, mientras el pueblo cubano lidia con la oscuridad y la escasez, el pulso geopolítico entre La Habana y Washington entra en una fase desconocida que podría redibujar el mapa político del Caribe.
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